Geirola,
Gustavo. FREUD: del nombre, del origen y
del ‘gran hombre’. Ensayo conjetural. Los Ángeles/Buenos Aires: Argus-a Artes y Humanidades/Arts & Humanities,
2024. ISBN 978-1944508-57-9, 316
páginas.
El libro de Gustavo Geirola nos invita desde sus primeras páginas a una
travesía en la que hay que estar dispuestosa perderse, sólo para volver a
reencontrarnos al final, diferentes de cómo comenzamos. Emergemos de su lectura
cargadas de preguntas y conjeturas que no nos habitaban al comenzar el viaje.
La escritura, prolija, poética, nos va llevando, casi sin que nos demos
cuenta y,al finalizar el recorrido, se añoran sus páginas, apenas lo cerramos.
Es que Gustavo con su escritura, erudita y concienzuda, pero cercana e
intimista, nos presenta a un Freud desconocido. Conjeturo, por mi parte, que quizás
por la cercanía del autor con el teatro, se siente convocado a mostrarnos al
padre del Psicoanálisis detrás de bambalinas.
Logra un engarce delicadoque nos lleva desde las contingencias, pasiones
y temores de la vida de Freud a la rigurosidad de los conceptos
psicoanalíticos. Nos acerca puntos de fuga que parten desde el texto que,siguiendo
su estela, se podrían retomar. Desde el estrago materno, el duelo, la bio y la necro
política, el papel de la memoria y el mito. Claro que la columna que sostiene
la argumentación principal es la cuestión del Padre ligada al linaje y al
origen.
Desde el inicio nos advierte que no estamos frente a una biografía de
Freud o un análisis crítico de su obra, sino que nos encontraremos con una
invitación conjetural que hace Gustavo, siguiendo los pasos de Nietzsche y
Foucault. Ciertos detalles de la vida de Freud son reconsiderados así desde la
perspectiva de las tensiones entre el deseo, la teoría y los acontecimientos
biográficos que operan en el trasfondo de los conceptos que Freud legó al
psicoanálisis. ¿Qué fue dejado de lado, borrado o modificado? Al decir del
autor:
El ejercicio que
este ensayo se propone hacer sigue a su modo las sugerencias foucaultianas
respecto de la genealogía o –como lo traduce de Nietzsche— “la historia
efectiva”, en la que Freud es el personaje de su biografía y a la vez de su
contexto. La genealogía o ‘historia efectiva’ “revuelve en las decadencias; y
si afronta –según Foucault— las viejas épocas, es con la sospecha –no rencorosa
sino divertida— de un ronroneo bárbaro e inconfesable”. (6)
Es decir que un concepto es el resultado de la razón, pero oculta su
propio proceso de elaboración, plagado de “invasiones, luchas, rapiñas,
disfraces, trampas” (4). Todo concepto procede, entonces, de una historia
oculta, atravesada por “los sentimientos, el amor, la conciencia” (4), cuyas
huellas han sido desalojadas.
Geirola nos invita a seguir esahuella que deja el acontecimiento biográfico
al convertirse en concepto. Desanda el camino que va desde Tótem y tabú, por ejemplo, hasta esos puntos de quiebre biográfico,
como el cambio del nombre, que proyectan sus oscuridades y penetran en la
razón. Aventura apasionante que nos invita a sumergirnos en la biografía de
Freud, pero no para ser meros espectadores, sino para desentrañar sus luchas,
atisbar sus temores, asistir en suma a la construcción de un nombre, un Gran
Hombre, quien desde los temores y contradicciones que nos habitan a todos los
sujetos, hizo de sí el Padre-del-Nombre.
Desde las primeras páginas, el autor nos acerca un concepto novedoso, un
prolífico hallazgo, que nos muestra la originalidad de su estilo y el modo singular
de abordar la obra freudiana. El término “obturación”, que lo utiliza para
referirse al mecanismo que devela el montaje de los conceptos freudianos. Cada
concepto se puede entender como una construcción que da a ver al mismo tiempo
que rebela aquello que intenta ocultar. El Diccionario de la RAE define
‘obturación’ como “tapar o cerrar una abertura o conducto introduciendo o
aplicando un cuerpo”. Se obtura, pues, una grieta, una falla. Obturar no se
corresponde con el sentido de ‘reprimir’. Así se pregunta el autor:
¿Qué abertura o vacío querrá tapar Freud, con su cuerpo, con su cuerpo
textual escriturario y conceptual? ¿Se tratará solamente del temor a la muerte
o a la pérdida de su madre, o involucrará, además, otras instancias de su
sexualidad? ¿Se trata, de acuerdo al diccionario, de un vacío –o agujero o
grieta— que resulta taponado, obturado o, a lo sumo, velado e, incluso –para
usar un mexicanismo elocuente— ninguneado? (19)
¿Qué partes de su historia personal quedaron silenciadas o
distorsionadas? Desde las cartas desaparecidas de su amigo de la adolescencia
Silberstein, hasta los sueños donde la figura del padre reaparece
constantemente, como un espectro imposible de eludir, el horror a la muerte de
la madre, la presentificación del anhelo parricida de los discípulos, entre
otros.
El autor, en las primeras páginas, recorta un acontecimiento biográfico,
que desde su perspectiva,dista de ser anecdótico, tal como fue tratado por
algunos de los biógrafos de Freud ycarente de consecuencias a nivel teórico. El
temprano cambio de nombre que operó de Sigismund a Sigmund, en realidad la
eliminación de dos nombres Sigismund Schlomo y su propia nominación como
Sigmund. Con lucidez, y con citas precisas que apoyan sus elucubraciones,
Geirola nos va mostrando el itinerario que recorre Freud desde ese cambio de
nombre, que implica descontarse del linaje de los Freud, dejar de ser uno más
en la serie genealógica para convertir su nombre en marca registrada.
Acercándonos a cada paso las teorizaciones de la Dra. Geréz Ambertín acerca del
superyó y el destino, nos advierte que Freud, desde esta inscripción y con el
armado de su corpus teórico, modifica su destino, ese que fue tempranamente
profetizado por su padre Jakob Freud, al decirle que no sería alguien.
Como nos advierte Marta Geréz en su libro Entre deudas y culpas, sacrificio, la diferencia de Freud con Edipo
es definitiva: Freud desidealiza al padre, no queda atrapado en el goce del
padre real y no procede al suplicio sacrificial al mismo. A partir del cambio
de nombre, se desgaja del linaje paterno (del Sigismund y del Schlomo, pero
también de la tradición judía); así, opta por un duelo interminable en el que
no intenta velar los pecados del padre –incluso la falta en él mismo.
A lo largo de varios capítulos nos ofrece una mirada atrapante de la
saga de los Freud, marcando las diferencias entre ésta y la de los Labdácidas. Recrea
el Edipo vienés de Néstor Braunstein, al que enriquece con sus aportes,
mostrándonos, desde los impasses biográficos de Freud, cómo se fue tramando el
mito y las obturaciones que allí operan.
Uno de los taponamientos a los que alude Gustavo es a la de la obra de Calderón
de la Barca, La vida es sueño. Así
conjetura que esta obturación configura una ausencia, un vacío en la genealogía
freudiana del Edipo. A lo largo del capítulo en los que el autor nos presenta
este escrito calderoniano, va engarzando y mostrándonos los paralelismos entre
la propia vida de Freud y la de Segismundo, protagonista de La Vida es sueño, quienes curiosamente
tienen el mismo nombre. Freud fue un ferviente lector de clásicos de la
literatura española y el castellano era el idioma que utilizaba en su
comunicación epistolar con su amigo Silberstein, por lo que Geirola conjetura algunas
causas para entender por qué Freud obturará La
vida es sueño en su Edipo vienés, cosa que no hizo con Hamlet. Teniendo en
cuenta la relación de Freud con su madre Amelia, podemos imaginar hasta qué
punto la figura de Clorilene (madre del Segismundo calderoniano) asesinada por
su hijo al nacer, le produjera estupor, no sólo por el temor que siempre tuvo
respecto a la muerte de su madre, sino porque el nacimiento de Segismundo,
además, eliminaba toda posibilidad de realizar sus deseos incestuosos.
Otra de las “obturaciones” en la obra freudiana es la relacionada con el
lugar que asigna a la mujer dentro del sistema fálico e incluso sobre la
cuestión de la homosexualidad masculina en su conceptualización de Tótem y tabú, por ejemplo.
Esta es, a mi parecer, una de las más ricaslíneas argumentativas que
desarrolla Gustavo a lo largo de toda la obra y que abre a interrogantes que,
como analistas, debiéramos acoger. La
pregunta por lo femenino y su potencia, así como el cruce con la teoría lacaniana
y las fórmulas de la sexuación. Freud no pudo articular una posición femenina
que escape del dominio fálico, y es aquí donde Lacan interviene con su idea de
que “La mujer no existe”. Lacan argumenta que la mujer es no-toda dentro de la
lógica fálica, lo que significa que el goce suplementario, al que tienen
acceso, no puede ser limitado o reducido a los términos de la función fálica,
como sucede con el hombre.
El autor nos regala, en el medio de estas argumentaciones, interrogantes
que nos abren a debates necesarios, conjeturas que delinean nuevas
ficciones. Así nos dice:
¿Podría inventarse –y, en ese caso, si fuera
posible, cómo sería la escritura— un mito a partir del matriarcado equivalente
al que nos ofrece Freud en Tótem y tabú?
¿Qué tipo de consecuencias conceptuales, sociales, culturales, políticas,
podría tener hoy esa invención? (40)
Freud obstruye la posibilidad de pensar quelas mujeres de la horda
podrían también haber tenido sus propios motivos para matar al Urvater. En todo el Moisés, Freud tampoco menciona la herética Eva ni tampoco de la
sumisa María.“
Tal vez no conspiraron, tal vez gozaban junto al
padre, quizás no asistieron al banquete y no devoraron al padre, tal vez
evitaron la culpa y gambetearon al superyó, y se reservaron la palabra y la voz
para hacerla resonar como alternativa al momento, preciso, de la declinación de
la función paterna y del deterioro y hasta el fracaso de la fraternidad tal
como la observamos hoy. (111-112)
Geirola nos muestra tambiénla fascinación freudiana por el parricidio,
que recorre obras como Tótem y tabú o
El hombre Moisés y la religión monoteísta,
como una lucha interna entre someterse a los imperativos del superyó paterno o
destruirlo para erigir una nueva ley. Freud no podía dejar de escribir acerca
de esto, porque, en cierto modo, él mismo era víctima de la pulsión parricida,
siempre temeroso de ser destruido por sus propios discípulos en un ciclo de
repetición interminable. En su propia vida, se enfrentaba a un dilema:
someterse a la figura del padre o erigir una nueva ley que lo desafiara. Al ir
más allá del padre, no solo funda una disciplina, sino que se coloca en el
centro de una dialéctica donde convertirse en “gran hombre” también significa
estar expuesto a ser, a su vez, superado o destronado.
El psicoanálisis es, nos dice Geirola, una obraque pivotea entre la
pasión de la ignorancia y una certeza de que el padre es un síntoma que hay que
tratar de levantar. Así es que Freud no ceja en su esfuerzo por abordar con la
palabra a ese padre real, con su violencia y su odio, en su versión del Urvater en Tótem y tabú.
En definitiva Gustavo nos invita a una puesta en escena sobria, pero
divertida, rigurosa, pero poética. Se abre el telón y suben a escena Freud con
el linaje familiar que lo antecede. Así vemos a Jakob y Amelia en la danza de
la muerte y de la pérdida, del desarraigo y la maldición. A un adolescente
Freud buscando descontarse de esa genealogía, nombrándose Sigmund, intentando
torcer el destino, esa cara feroz del superyó que nos compele a repetir lo
peor.
Aparece en esa escena también Eduard Silberstein, ese amor adolescente
de Sigmund, con quien comparte el español como un lenguaje amoroso que los
recorta en un universo privado.Estos personajes muestran sus amores, sus
temores, sus pasiones mientras la voz en off de Gustavo nos relata y nos regala
un texto para ir, desde estas escenas, a los conceptos psicoanalíticos forjados
por el padre del psicoanálisis.
En los cuadros siguientes vemos desplegarse, en tormentosas escenas, a
Edipo y la consumación de su destino atroz, a los hermanos de la horda que
asesinan y devoran a ese padre que no cesa de retornar, a la vez que también
enmarca y pacifica. Atisbamos al coro de las mujeres que, se diría, Gustavo
anhela y presiente. Esa presencia femenina en potencia, esperando su momento
para desplegar la invención y el deseo.
Llegan Moisés y los egipcios, que se mezclan con los nazis, el exilio y
el temor a la propia muerte.
Nos lleva,antes de que caiga el telón, a las calles de Dublín y hacen su
aparición, Joyce con Freud, apelando a la obra y la escritura como modo de existencia
deseante, como marca escrituraria que posibilita seguir y crearse a sí mismos,
torciendo la fatalidad, creyendo en el inconsciente, aceptando su castración, soportando
que el Otro es inconsistente,inexistente, y que no hay garantías.
Hay cierto registro de escritura -poética- como la que nos ofrece
Gustavo Geirola, que bordea los márgenes de lo real. Es una escritura femenina,
cómo la que el autor identifica en Joyce y Freud, que se alcanza en las
orillas, que, no siendo toda fálica, sabe de poesía.
Mariana
Roldán Suárez
Fundación Psicoanalítica Sigmund Freud
Bibliografía
Gerez Ambertin, Marta. Entre deudas y
culpas:sacrificios. Critica de la razón sacrificial. Buenos Aires; Letra Viva, 2008.