sábado, 9 de septiembre de 2023

DUELO, MELANCOLIA Y MEMORIA: despojos fraternales y escriturarios en Catulo y César Vallejo

 Gustavo Geirola

Whittier College, Los Ángeles, California
A mi hermano M.
Introducción
En algún momento de su vida, entre el 84 y 54 a.C., en los tiempos de la República Romana, antes del Imperio de Augusto, Gayo Valerio Catulo escribió su “Poema 101” a la muerte de su hermano, muerto por tierras turcas de la Anatolia, según el mismo poeta nos refiere en su “Poema 65”, cuando expresa el dolor por la muerte de su hermano, “él a quien, arrancado a mis ojos, la tierra de Troya deshace al pie de la costa del Reteo. Te hablaré, pero nunca te oiré contar tus cosas, nunca podré verte, hermano más querido para mí que la vida; pero, en verdad, siempre te querré, siempre cantaré cantos de duelo por tu muerte”. Mucho tiempo después, en algún momento entre 1892 y 1919, César Vallejo, nuestro excelso poeta peruano, escribe su poema “A mi hermano Miguel”, motivado también en la muerte de su inseparable hermano, poema que Vallejo incluirá en Los heraldos negros (1919), dos años después que Sigmund Freud publicara su famoso ensayo “Duelo y melancolía” (1917). Es conjeturable que Freud y Vallejo, cada uno del otro lado del Atlántico, estuvieran escribiendo al mismo tiempo: el peruano, sacudido por la muerte de Miguel Ambrosio, ocurrida el 22 de agosto de 1915, cuando solo contaba con 26 años; el doctor vienés, tal vez, ya presentía con cierto estupor los estragos causados por la Primera Guerra Mundial y los horrores bélicos que vendrían después, los que volvieron a capturar su preocupación, como lo demuestra su intercambio epistolar con Einstein al inicio de la década del 30. El año 1925, por otra parte, es cuando Freud publica otro ensayo imprescindible que, a su manera, también involucra nuestra lectura de los poemas de Catulo y Vallejo; me refiero a “Notas sobre la pizarra mágica”, en el que intenta ofrecernos un modelo aproximado del aparato psíquico, particularmente su reflexión sobre la memoria y, a su modo, sobre la escritura, las huellas en el inconsciente de todos los estímulos que la conciencia no puede retener. Escritura, muerte y memoria forman siempre un nudo borromeo en el que cada uno de los anillos remite siempre a los otros, cada cual no es sin los otros.
Toda escritura, como hoy sabemos, carece de un original y, aun cuando lo hubiera, no siempre es posible documentar que un poeta posterior haya leído un texto previo escrito por otro. Toda escritura surge siempre a partir de una escritura previa, con o sin conocimiento de los autores. Nada nos autoriza a afirmar que Vallejo haya leído a Catulo; sin embargo, resulta fascinante poner ambos textos en conversación. Vallejo escribe su poema, sabiéndolo o no, sobre la superficie de cera de la pizarra mágica en la que están las huellas de la escritura catuliana. Es siempre fascinante hacer ejercicios de lectura y despreocuparse por dar evidencias, académicas o no, como en general ocurre cuando se trata de una disciplina conocida como literatura comparada. No es nuestra pretensión aportar algo a la literatura comparada, tampoco discutir si el poema de Catulo es o no es una elegía, si Vallejo es o no es modernista. Muchos de estos aspectos han sido ya discutidos por los académicos.
Catulo escribe desde un centro político y cultural que pronto será epicentro de uno de los imperios más grandes de Occidente. Vallejo, en cambio, escribe desde la periferia neocolonial, doble, porque escribe en Perú, pero ni siquiera desde Lima, sino desde un espacio provinciano. Está, pues, en los márgenes del imperio que le tocó sufrir: europeo en lo cultural, estadounidense en lo político. ¿O acaso Vallejo no hizo de la memoria atroz de la colonización española sobre las culturas indígenas, del capitalismo posterior y del cristianismo el motivo de su nudo borromeo poético?

Duelo y melancolía: cárcel de la muerte y sublevación de la vida
Ambos poetas, Catulo y Vallejo, escriben sus poemas como expresión de un duelo por la muerte de un hermano. Es una experiencia de pérdida, cantada por un varón sobre otro varón. Y por eso, como quería Freud con las famosas palabras antitéticas (1910), esa aflicción por la pérdida, no debe velar el otro sentido que el Diccionario de la Real Academia nos informa: “Combate o pelea entre dos, a consecuencia de un reto o desafío”. De entrada, pues, el duelo es un emblema de amor y odio. En su ensayo de 1917 Freud nos alerta que todo duelo se produce por “la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.” ¿Cuáles son las posibilidades expresivas, si se puede decir así, en cierto modo fenoménicas, de una pérdida? Esta pregunta puede ser el hilo conductor de nuestra lectura. Y como lo indica el título de su ensayo, Freud quiere diferenciar el duelo –el proceso de la libido y los avatares del yo, que él categoriza de normal— de la melancolía, que supone algunas otras cuestiones y que, en cierto sentido, constituye la versión patológica del duelo.
Con el tiempo, la persona afectada por el duelo, el cual ha dejado a la libido sin el objeto amado, puede con cierto tiempo volver a investir su libido en otro objeto; el melancólico, en cambio, aunque comparte con el duelo “una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad”, agrega algo más: un malestar inconsciente, consistente en “la perturbación del sentimiento de sí”. La pérdida que provoca el duelo supone un objeto conocido; el individuo es consciente de que esa persona, patria o ideal amados no están más. Imaginamos que Vallejo habrá padecido no solo este duelo por su hermano Miguel, sino los posteriores: el causado por su migración a Francia y el de la caída del ideal revolucionario, sobre todo después de sus viajes a Moscú entre 1928 y 1931. El melancólico, según Freud, sabe que ha perdido ‘algo’, pero “no [sabe] lo que perdió en él”, es decir, hay un lado inconsciente que se le escapa y que hace retornar la libido, antes dirigida al objeto, hacia el yo, pero con signo negativo: el melancólico se debate en múltiples autorreproches, “se denigra y espera repulsión y castigo”. Hay algo que “devora su yo”. Para Lacan, tal como lo plantea en su Seminario 10, en el duelo y la subjetividad que lo define hay pérdida del objeto, pero también hay pérdida en el sujeto: “Sólo estamos de duelo por alguien de quien podemos decirnos yo era su falta”. Hacemos, pues, duelo por el objeto perdido y por esa otra falta, la que éramos como causa del deseo del otro, del que nos dejó. Interesante propuesta, sin duda, porque nos deja ver en el entramado doloroso del duelo cómo ya no somos su falta, pero hasta qué punto nos enfrentamos al peligro de continuar involucrados en su deseo. Y he allí el dolor del duelo y el riesgo de la melancolía: ese deseo del Otro puede llevarnos con él, arrastrarnos a nuestra propia muerte. Por eso el yo catuliano, como veremos, se despide rápidamente de su hermano querido y muerto, y reacomoda su libido, gracias al tiempo del viaje, no solo para investir un nuevo objeto (otra persona, otra patria, otro ideal), sino para ser otra vez la falta del otro, de algún otro otro, y ser deseado por él, ser su falta. Si el sujeto, en su duelo, no logra restructurarse, esto es, contornear con su palabra sus amores, sus identificaciones –aunque el objeto perdido siga quedando como un resto no siempre significantizable por completo—, entonces correrá el riesgo de caer en la melancolía, en la cual, a la manera de un ofrecimiento sacrificial, se pierde a sí mismo. Los rituales funerarios cumplen aquí la loable función de evitar la caída en la melancolía; son liturgias de la tradición y la cultura que facilitan la elaboración del duelo, puesto que éste es precisamente esa elaboración del dolor por la pérdida, que nos preserva del deseo del Otro, del que “yo era su falta” y que es básicamente lo que angustia.
La melancolía, o bilis negra en la teoría antigua de los humores, tiene una larga historia, desde el mundo antiguo hasta la medicalización en la psiquiatría y la actual transformación como ‘depresión’, plaga contemporánea, cuadro patológico con múltiples caras. Aristóteles la da un cierto valor positivo al ligarla a la locura y a la creatividad del genio; más tarde, esa perspectiva que llega hasta el siglo XIX, tomará rumbos clínicos como patología. Hoy, incentivada la depresión por la ciencia y, a la vez, paradojalmente asistida por ella en contubernio con la industria farmacéutica, nos da testimonio del arrasamiento del sujeto del inconsciente en la medida en que, como cómplices del avance neoliberal y global, la ciencia y el neoliberalismo en vez de promover que el sujeto le ponga palabras a su malestar, tamponan ese real doloroso con gadgets y medicamentos. Freud, al pasar, en su ensayo, reconoce que la autocrítica del melancólico nos hace pensar que “se acerca al conocimiento de sí mismo”, planteando por ende la pregunta de hasta qué punto haya que enfermarse para alcanzar una verdad de ese tipo. En otro ensayo arriesgará la conjetura de que haya verdad en el delirio del psicótico. En cierto modo, son pervivencias o huellas de la concepción antigua de la melancolía y la locura.
Freud, avanzado su ensayo, conjetura que los contenidos de esos reproches del melancólico a su yo fueron, en cierto modo, aquellos que, reprimidos, el yo no le hizo oportunamente al objeto amado. “Sus quejas {Klagen} son realmente querellas {Anklagen}”. Habría, así, una identificación del yo con el objeto resignado: se trata de una identificación narcisista igual a la del duelo, pero con la diferencia para el melancólico de que en este avatar de su libido sale “a la luz la ambivalencia [amor/odio] de los vínculos de amor”. El yo queda, en cierto modo dividido, luchando esas dos partes una contra otra. En publicaciones posteriores Freud irá explorando otras explicaciones de la melancolía ligadas a la pulsión de muerte y al superyó. El melancólico se automartiriza y saca de ello cierta cuota de goce: cuando no se logra resignar el amor por el objeto perdido, dicho amor “se refugia en la identificación narcisista”; el odio hacia el objeto, por el contrario, se ensaña con éste, lo insulta, lo denigra provocándole una satisfacción sádica. La división del yo crea un espacio de tensión, de lucha interna. Se trata, como vimos, de ese odio, de esa agresividad hacia el otro, hacia el objeto, que estaba reprimida bajo el velo del amor y que el melancólico vuelca ahora sobre su propio yo. Es la ambivalencia que también Lacan detalla en el estadio del espejo –donde el yo [moi] adviene, y más precisamente frente a ese otro hermano, el intruso, ese doble, que ahora viene a disputarle los amores y los privilegios de sus padres. La investidura del melancólico experimenta un destino doble: una parte regresa a la identificación, al narcisismo, y la otra despliega el conflicto de la ambivalencia hacia la etapa del sadismo más originaria, a una instancia pulsional en la que no falta la pulsión de muerte la cual explica que, más allá del enorme amor de libido narcisista del yo, promueve en algunos casos el deseo de autodestrucción.
Finalmente, Freud nos lleva a considerar la manía como la contraparte eufórica de la melancolía: se trata del despliegue de “estados de alegría, júbilo o triunfo” por las que el maníaco “parte, voraz, a la búsqueda de nuevas investiduras de objeto” como vía de escape para emanciparse del dolor que éste le produjo con su partida. En cierto modo, esta consideración del maestro vienés tiene también una genealogía: recupera, a su manera, el legado de la característica demoníaca del melancólico. Sea como fuere, duelo ‘normal’ o melancólico, Freud concluye su artículo especulando, a falta de mejores investigaciones realizadas hasta ese momento, que en última instancia el yo rehúsa seguir el mismo destino del objeto y de ahí que se deje “llevar por la suma de satisfacciones narcisistas que le da el estar con vida”. La voluntad de vivir, a su manera, quiere proseguir; el yo de alguna manera, como lo planteaba Foucault en un artículo de 1979, se subleva bajo la consigna de “no obedezco más” y “echa en la cara de un poder que estima injusto el riesgo de su vida”. Al orientar, entonces, su deseo hacia otros objetos, abre la cárcel de la muerte en la que se hallaba por la pérdida y, en un ejercicio de libertad, vuelve a hacer historia –cualquier historia, loable, criminal o decididamente loca—, asumiendo los riesgos de nuevas elecciones, construyendo sus nuevos imaginarios, volviendo a ilusionarse con nuevos proyectos y apostando a definir una nueva utopía, a la vez que difiere y lucha a su manera con el despotismo e inevitabilidad de la Muerte.

Freud piensa aquí la pérdida como muerte del objeto amado, pero nos deja la pregunta por las otras que había mencionado al principio de su ensayo, aunque podemos nosotros por nuestra cuenta especular: el individuo que deja su país sigue su vida en otro, no obstante su nostalgia; el individuo que ha perdido el ideal (como todos nosotros desde finales del siglo XX con la caída de la función de la ley, del Padre y de los ideales revolucionarios y su utopía) seguimos adelante y, en esta crisis emocional dolida, buscamos –como sucede en dos libros claves, The Classical Tradition, del británico Gilbert Highet, de 1949 y European Literature and the Latin Middle Ages, del alemán Ernest Robert Curtius, de 1953, escritos frente a la devastación bélica en Europa, y tal como se aprecia en la última producción de Michel Foucault—, nuevas alternativas para ir más allá de la ruinas, evitar la melancolía y procurarnos ‘el cuidado de sí’ dirigiendo nuestra mirada a los textos antiguos, a fin de retomar la conversación con el mundo clásico, avasallado por el cristianismo.

Catulo: Poema 101
Multās per gentēs et multa per aequora vectus
     adveniō hās miserās, frāter, ad īnferiās,
ut tē postrēmō dōnārem mūnere mortis
     et mūtam nēquīquam alloquerer cinerem.
quandoquidem fortūna mihī tētē abstulit ipsum.
     heu miser indignē frāter adēmpte mihi,
nunc tamen intereā haec, prīscō quae mōre parentum
     trādita sunt trīstī mūnere ad īnferiās,
accipe frāternō multum mānantia flētū,
     atque in perpetuum, frāter, avē atque valē.

Una traducción lo más literal posible sería:

A través de muchas naciones y muchos mares
he llegado, hermano,
a estos miserables ritos funerarios,
para que pueda otorgarte el regalo final de la muerte
y para vanamente hablarle a tus cenizas
silenciosas, desde que la fortuna te ha robado
¡ay desgraciado hermano¡ injustamente arrebatado lejos de mí.
Mientras tanto, no obstante, recibe aquellas
que según la paterna tradición
se tributa a los muertos, fueron entregados como un triste regalo
completamente recubierto de lágrimas fraternas.
Y para la eternidad, saludos y despedida, hermano.

Otra traducción al español, bajada de la Internet y de traductor desconocido, cuenta con algunas palabras que no responden al texto latino (traición, destino):

Después de recorrer muchos países
y mares, he llegado, hermano mío,
para asistir a tus exequias tristes,
para rendirte el último tributo
y vanamente hablarle a tus cenizas
mudas, porque el destino te ha apartado
de mi lado a traición, injustamente.
Ahora, toma al menos esta ofrenda,
que según la paterna tradición
se tributa a los muertos, recubierta
por completo de lágrimas fraternas.
Este es mi último adiós, querido hermano.

Los eruditos han debatido si se trata o no de un poema clasificable como elegíaco. No entraremos en esa polémica: nos importa saber que se trata de un poema sobre un duelo. ¿Melancólico o no? Hay una preponderancia del yo en las marcas gramaticales, en la forma de reportar la ofrenda y, de alguna manera, en la salida del duelo. El sujeto poético ha viajado grandes extensiones por mar y por tierra para llegar a la tumba de un hermano –cuyo nombre no se menciona— y realizar los ritos funerarios. Ha habido, pues, dos viajes como habrá dos separaciones y dos despedidas: primero, el del hermano, que ha viajado y se ha apartado del sujeto poético para encontrar su muerte; segundo, el viaje del sujeto poético para encontrarse con su hermano muerto, injustamente arrebatado por la caprichosa fortuna; es probable que haya habido antes, como hay al cierre del poema, un adiós, una despedida. El vocablo latino ‘ave’ que aparece al final, puede traducirse como ‘adiós’, pero también como un ‘hasta pronto’ o ‘hasta la vista’, lo cual abre la esperanza de un encuentro en el más allá. El poema nos da cuenta del viaje para “hablarle a tus cenizas mudas”, es decir, a un interlocutor que ya no puede responder. La falta de respuesta del muerto también aparecerá, como veremos, en el poema vallejiano. La separación de los hermanos nos alerta de un tiempo transcurrido desde el viaje del desgraciado hermano que se ha alejado, hasta el del sujeto poético para rendirle los ritos funerarios, en la medida en que lo ha hecho “A través de muchas naciones y muchos mares”. Durante ese tiempo y esas travesías, el duelo por la pérdida del hermano amado ha podido elaborarse al punto que, al final, casi sin emoción, hay apenas una despedida una vez cumplidos los rituales funerarios impuestos por la tradición paterna, esto es, según los mandatos del registro simbólico de la cultura. Se ha llegado para depositar una ofrenda triste bañada en lágrimas fraternas, pero como sumisión al ritual, como un deber requerido por la costumbre, más que lágrimas provocadas por el inminente conocimiento de la muerte del hermano que, como lo vimos en el “Poema 65”, afectaron grandemente al yo poético. De ahí, debido al tiempo transcurrido entre la muerte y las exequias, es que haya una despedida, ya no temporaria como debió haber ocurrido tal vez en el pasado, cuando ambos estaban vivos, sino una definitiva, “para toda la eternidad”, saludos y adiós, o hasta pronto/hasta la vista y adiós. Esa despedida es casi una fórmula, fría, y deja al sujeto libre para seguir su viaje o su vida, esto es, investir su libido en otro objeto.
Tenemos así instancias que se repiten, casi paralelas, pero in vita et in morte. Tenemos un viaje del hermano hacia tierras lejanas, el viaje del yo poético hasta la tumba, el viaje del objeto perdido hacia otra dimensión y el nuevo viaje del sujeto hacia la vida, una vez contabilizada la muerte y terminado el duelo. La palabra ‘hermano’ también se repite, como el “muchas/os” del verso inicial, que suenan como si el sujeto poético quisiera hacerle saber al muerto de su esfuerzo realizado no tanto por el amor al hermano mismo, sino por la injusticia de la fortuna que se lo ha robado, se lo ha arrebatado sorpresiva, inesperada y cruelmente de la propiedad emotiva que lo unía a él. De alguna manera, en ese “robado injustamente” escuchamos la versión lacaniana del “yo era su falta”, es decir, la fortuna le ha arrebatado a ese otro que lo deseaba. Y si bien se hace el reproche a ese Otro que es la impredecible fortuna, no deja de haber un velado reproche al muerto por su alejamiento, por su muerte y por su silencio. A la imposibilidad de hablarle al muerto y obtener su respuesta, se acopla paralelamente el darle u ofrecerle las ofrendas empapadas de lágrimas, como mandato superyoico de la cultura, además del mencionado esfuerzo personal del viaje por mares y territorios muy extensos. Es como si el sujeto poético estuviera en cierto modo proyectando en el hermano la deuda/culpa simbólica que tiene con él. De ahí, nuevamente, que el saludo y despedida final asuma ese tono sin marcadores de emoción.
El poema, a diferencia –como veremos— del de Vallejo, no registra ninguna memoria, no hay recuerdos, solo enumera las acciones del sujeto poético: he viajado, he intentado sin éxito de comunicarme, he ofrendado, he cumplido con los rituales que manda la tradición paterna, es hora, pues, hermano, de despedirnos y para mí de partir, tú ya lo ha hecho dejándome sin ti y triste. Es un poema centrado en el yo quien ha saldado las cuentas y no queda dividido contra sí mismo, como en el melancólico, entre amor y odio; la identificación narcisista del sujeto poético (lo ‘fraterno’ que casi opera como espejo) queda intacta y lista para investir otros objetos, aunque la frialdad de la despedida final, tal vez esperanzadora de un más allá, no deja de hacer sentir el horror a la muerte propia, porque si la Muerte no es especularizable, el hermano perdido no deja de instalar la muerte como tal.
La señal de la angustia, que nunca engaña respecto de la muerte propia, no aparece monumentalizada en este poema de Catulo; en Vallejo, como veremos, es velada melancólicamente por el sujeto poético en ese poema temprano, cuando todavía no tenía que enfrentar otras pérdidas (país, ideales); en el poeta peruano percibimos, a diferencia del yo poético catuliano que se despide, se subleva y marcha rápidamente en búsqueda de la satisfacción narcisista de estar todavía con vida, dejando atrás una suspensión, una parálisis melancólica del sujeto.

César Vallejo

A mi hermano Miguel
Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo!
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: "Pero, hijos..."

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya
cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes
en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá.

Basta la primera lectura para darnos cuenta de que estamos ante una pérdida, la del hermano, como en Catulo, pero expresada de manera totalmente distinta. La pérdida del objeto amado es otra vez, como en el romano, por muerte; sin embargo, el poema está atravesado por la memoria. No hay aquí todavía un duelo elaborado; el poema parece ser parte del proceso de duelo, pero el yo todavía está invistiendo su libido en el objeto perdido. No hay ni ofrendas ni exequias; no se registra la muerte, sino la desaparición, en el juego de las escondidas y en la vida. La desaparición es la figura de un duelo inconcluso, infinito, con todos los riesgos de una caída en la melancolía.
En América Latina, desde la colonia hasta nuestros días neocoloniales, las muertes no se pueden contabilizar: son muchas; los afectados por el duelo (en todos los países de la región, como iniciaron las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, como los familiares de los estudiantes desaparecidos en México, pero con réplicas en cada país) piden la aparición de sus seres queridos con vida. Mientras no aparecen, mientras se auscultan cadáveres anónimos en fosas comunes, el duelo queda en un suspenso, porque las investiciones libidinales al objeto siguen sobre el objeto, al que no se le da partida de defunción. Se trata aquí de un pedido de justicia que extiende en el tiempo la demanda para, según el veredicto, según la respuesta del Otro, poder recién iniciar el duelo. Hay un juego permanente entre opresores y oprimidos, procesos que se acercan a la verdad pero que la corrupción jurídica y política del Otro inmediatamente disuelve. No por casualidad, como corresponde a un poeta genial y profeta, Vallejo incorpora la voz de la madre: “Pero, hijos…”. Oración incompleta, suspensiva que abre a varias interpretaciones.
La pérdida se registra, ya no como muerte, como lo vimos en Catulo, sino como falta por ocultamiento: “nos haces una falta sin fondo”, es decir, se trata de un vacío dejado por el objeto, pero no de muerte del mismo. Viracocha, en el mundo andino, ya también había creado el mundo y se había marchado, dejando el vacío, su falta, que el cristianismo –inventando un dios único para suplantar el politeísmo incaico y sus Huacas—  llenó cruelmente con sus fantasmagorías, las cuales desmantelaron las cosmogonías y los sistemas religiosos indígenas, incluidos sus ritos funerarios.
El sujeto poético vallejiano se inicia con una primera persona singular y en presente, para inmediatamente involucrar a los otros deudos y recuerdos del pasado: se pasa al plural, porque la pérdida les incumbe a todos: “nos haces”. De un salto, el recuerdo transporta a un pasado infantil, donde se jugaba bajo la caricia y el cuidado maternos. El “pero, hijos…” pareciera indicar que éstos no se estaban comportando como la progenitora esperaba; hay allí un reproche, ya casi melancólico, que el yo asume sin hacerse cargo, proyectándolo sobre la voz materna. Las quejas, como apunta Freud, se manifiestan como querellas en el melancólico.
Como en Catulo, hay en el poema vallejiano un tiempo, pero no el cronológico del viaje, sino el de la memoria, del pasado lejano, infantil, evocado por el recuerdo, que es un juego a las horas vespertinas, y el de la muerte insoportable y dolorosa, un recuerdo adulto, también pasado, pero más cercano al presente de la escritura, más fáctico, que ocurre al alborear. Observamos, además, un calibrado juego de luces y sombras. El primer pasado se torna presente, porque evoca el juego, en el que el sujeto se esconde y espera no ser encontrado: “Ahora yo me escondo, / como antes”. El sujeto poético se esconde en el presente de la escritura, como antes cuando quería ser encontrado. Luego el ocultamiento se invierte para el otro, para el objeto. Pero el objeto amado, ese otro gemelo y especular, ese otro se ha escondido y no regresa, y por ello el sujeto poético “se ha aburrido de no encontrarte”.
El aburrimiento, producto de una larga espera, es una insatisfacción que parece tener rasgos melancólicos: en el aburrimiento –como lo vio Lacan— está cancelada la sorpresa, algo se ha hecho lo suficientemente regular, se ha repetido tanto que ya no hay manera de asombro; lo que sorprende al yo poético, sin embargo, es la desaparición prolongada del “gemelo corazón”. El ocultamiento del objeto querido, como quería Lacan, alerta al sujeto sobre algo más radical: como ocurre con el “Bueno?” al final del poema –cuya falta escrituraria del signo de interrogación inicial ya da cuenta de la afánisis del sujeto— el juego, en tanto reglado, también indica un pacto con el otro, que no debería romperse. Ese pacto hace posible velar la señal de una pérdida, de un ocultamiento definitivo. Es, pues, una señal de angustia, porque ese deseo para el cual el sujeto mismo era su falta pareciera estar ausente; se produce un vacío en el propio yo del sujeto poético, causado por la desaparición del hermano querido, quien se ha llevado algo valioso de su yo. Por eso, se cancelan las posibilidades de continuar el juego, ya que la muerte lo interrumpe, generalizando el sombrío ánimo, el irreversible paisaje, en las “tardes / extintas”.
Solo queda el recurso a la memoria y a la escritura: el título del poema es el típico de las dedicatorias (“A mi hermano M.”), de modo tal que el poema en sí es, si no la ofrenda, sin duda el reproche melancólico del sujeto poético que evoca al desaparecido (cuya muerte no puede todavía contabilizarse completamente) y a su vez es un medio de llenar el vacío dejado por el otro y su deseo. Notemos que en el juego a las escondidas son los cuerpos los que desaparecen y aparecen o son encontrados; el sujeto poético pareciera participar de un juego como el del famoso fort-da freudiano, en el que se recupera como sujeto frente a la ausencia del otro. De ahí la referencia al aburrimiento, porque no hay otro objeto más que el hermano para llenar el vacío producido por el ocultamiento. Estamos aquí lejos del aburrimiento contemporáneo donde a las velocidades incitadas por el neoliberalismo, el niño y también el adulto quedan atiborrados de objetos, unos tras otros, todos desechables, todos inmediatamente prescindibles. Ese desesperado pasar de un objeto a otro correspondería a la manía, como la otra cara de la melancolía. Esa manía, que a su manera percibe la señal que es la angustia, se da como un atiborrarse de objetos artificiales y actividades compulsivas. El modo maníaco es eufórico en su afán por taponar el vacío y rechazar la angustia –la falta de la falta, la angustia que no es sin objeto, pero que no puede taponarse con mercancías. La manía, al pretender taponar ese vacío, obstaculiza la elaboración del duelo. Lacan señalaba en el Seminario 7 sobre la ética, que los bienes son el más poderoso tapón para el deseo, que es justamente lo que se trata de rehabilitar después de un duelo para dar continuidad a la vida. Pero la angustia, que no es engañosa, no se tapona porque es una señal que nos recuerda lo real, que nos delata nuestro ser como puro tiempo, de cuyo futuro tenemos la completa certeza, más que miedo, porque el miedo es un objeto conocido, pero la muerte no lo es: la muerte no tiene ni imagen ni palabra que la presentifique, la designe o la describa. La muerte es eso real que “no cesa de no inscribirse”, incluso que vuelve siempre al mismo lugar, del que queremos desentendernos y cuando no lo logramos, es el aburrimiento el que nos abruma a la vez que nos da un guiño sobre el vacío que pretendemos colmar con el consumo de bienes. En El mundo como voluntad y representación ya nos alertaba sobre “aquella parálisis que se muestra en la forma del terrible y mortecino aburrimiento”, como contraparte de la voluntad; dicho aburrimiento emerge cuando –como ocurre en el mundo contemporáneo, al sujeto “le faltan objetos del querer porque una satisfacción demasiado fácil se los quita enseguida”. El objeto de la angustia es por eso el objeto causa del deseo, ese real perdido e inalcanzable, objeto caído que testimonia de un goce irrecuperable, el goce de no ser, de retornar a lo inorgánico, de no sufrir, de no padecer; acercarse demasiado a dicho objeto causa del deseo, del que nos defiende el fantasma como puede, es simplemente aproximarse a lo letal. Ese objeto, entonces, más que perdido, está por el contrario siempre allí, y nos acosa, nos lo queremos sacar de encima, de él tenemos que partir, como Catulo, hacia otro objeto, nunca completamente satisfactorio, sustituto, pero que abre el camino metonímico del deseo y, por ende, del vivir. Por eso, la salida del duelo –de ese duelo que nos ha sorprendido al poner en el lugar de nuestro objeto de deseo al objeto perdido— consiste en la sublevación para recuperar el deseo de vivir, de seguir viviendo, de ilusionarnos en que algún día podremos satisfacer nuestro deseo. De ahí que la ausencia del duelo nos obliga a recordar otra ausencia fundamental, la falta de la falta, la ausencia de la ausencia, es decir, la falta de nosotros mismos. Es el duelo precisamente el que certifica que, aunque temporariamente haya afánisis del sujeto, no hay muerte del deseo, porque éste puede volver a investirse sobre otro objeto.
El espacio era en Catulo un recorrido por mares y tierras, por grandes extensiones para llegar a la tumba de su hermano. En Vallejo, en cambio, el ocultarse y aparecer parece instalarse en un mapa más limitado, preciso: la casa familiar, “nuestro primer universo”, lo llama Bachelard en La poética del espacio, donde hay rincones conocidos para ocultarse. Al atardecer, en el poyo de la casa, el sujeto espera el retorno, la aparición con vida del hermano desaparecido, al que dar por muerto, y se “ha aburrido de no encontrarte”. El paisaje es crepuscular; se trata de un afuera que implica el claroscuro interior, que se expande por la intimidad de la casa para permitir la dinámica del juego: la sala, el zaguán, los corredores. El atardecer de aquellas “oraciones vespertinas” que auspiciaban el juego, termina ensombreciendo el alma: “cae sombra en el alma”. Obsérvese que no dice “mi alma”: tal vez porque se trata del alma plural, de todos en la casa y del prójimo fuera de la casa, o tal vez porque el sujeto poético siente que su alma ya no le pertenece, el otro se la ha llevado consigo: ‘yo era su falta’.
La espacialidad es crucial, sea en el juego, en la casa, en la memoria o en la escritura. El poyo es un lugar fronterizo entre lo privado y lo público y señala, en cierto modo, esa doble característica del duelo necesaria para su superación: lo íntimo y privado por un lado y lo público por otro; límite también temporal entre el pasado y el presente, la memoria y la mirada del Otro. No descuidemos que la mención de la madre también remite a un hogar primordial; Bachelard habla de “la maternidad de la casa”. Casa y madre: lugares de protección. “Los recuerdos del mundo exterior no tendrán nunca la misma tonalidad que los recuerdos de la casa”, dice Bachelard. El juego tiene un ritmo marcado por lo familiar y lo ominoso, como Freud lo ha explorado, en la medida en que, de pronto, la muerte interviene para ocultar al objeto definitivamente. Uno puede ocultarse riendo o bien ocultarse con tristeza. Pero el juego mismo involucra ambas emociones, como si jugar a las escondidas en la infancia fuera ya un anticipo siniestro de la muerte, en la que los niños no piensan, pero cuyo dolor de existir registran; Vallejo lo escribe genialmente: “Me acuerdo que nos hacíamos llorar”, es un componente sádico que opera mutuamente. Ese llanto y ese goce sádico permite regresar a la interpretación de la palabra materna: “Pero, hijos…”, quien puede ver en el juego dicho componente sádico y siniestro, razón por la cual “puede inquietarse”.
Vallejo, a diferencia de Catulo, no sólo pluraliza el yo e incorpora la palabra materna, sino que también le habla al hermano, al que no se supone definitivamente mudo y al que se apela, por eso, en un tono coloquial: “Oye, hermano, no tardes/en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá”. Apela a la respuesta del “gemelo corazón”, no tanto para él, sino para la madre, la que da vida, pero no puede revalidarla.

Catulo y Vallejo: dos alternativas a la pérdida de objeto
Si Catulo nos da un poema escrito cuando el duelo se ha superado, si se puede ya despedir de su hermano muerto y seguir viaje, es decir, orientar su deseo hacia otro objeto, Vallejo, en cambio, se queda en ese limbo melancólico, con sutiles reproches por la desaparición del hermano, que pareciera continuar jugando a las escondidas, con un gesto sádico que solo hace llorar en el presente y que, en paralelo con el juego evocado por la memoria, deja percibir el autorreproche del yo melancólico. En ambos poemas asistimos al encuentro con un objeto perdido, mundano o no, que los concierne, y más que la perdida en sí, ambos escenifican escriturariamente dicho encuentro, el encuentro con la patencia de la muerte, con estrategias diferentes. Es la escritura la que, a su modo, particulariza al sujeto, a cada uno de nuestros sujetos poéticos, y a la vez da cuenta del deseo de vivir, de vencer a la muerte propia. La escritura, como quería Horacio, está siempre del lado del non omnis moriar y es, por eso, una sublevación del sujeto frente a la muerte, frente al deseo del Otro; y aunque esa sublevación sea a la larga ineficaz frente al Amo Absoluto, no lo es frente al deseo del otro, el objeto amado y perdido, puesto que allí la finalización del duelo, la despedida y la partida hacia otros rumbos no dejan de ser un atisbo de libertad del sujeto en este mundo plagado de opresiones.

BIBLIOGRAFIA
Bachelard, Gastón [1957]. La poética del espacio. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000.
Elmiger, María Elena. Duelo. Íntimo. Privado. Público. Buenos Aires/Los Ángeles: Argus-a Artes y Humanidades/Arts & Humanities, 2017.
Freud, Sigmund. “Duelo y melancolía” [1917 [1915]). Obras completas. Vol. XIV. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1992.
---. “Notas sobre la pizarra mágica” (1925 [1924]). Obras completas. Vol. XIX. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1992.
---. “Lo ominoso” (1919). Obras completas. Vol. XVII. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1992.
---. “Sobre el sentido antitético de las palabras primitivas” (1910). Obras completas. Vol. XI. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1976.
Foucault, Michel. Historia de la sexualidad. 4 volúmenes.
---. ¿Inútil sublevarse?” Le Monde nº 10661, del 11 de mayo de 1979, en las páginas 1 y 2. Traducción: http://www.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/14-Foucault-In%C3%BAtil-Sublebarse.pdf


Lacan, Jacques. Seminario 7 La ética del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1988.
---. Seminario 10 La angustia. Buenos Aires: Paidós, 2007.
Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación. Traducción, introducción y notas de Pilar López de Santa María. http://www.juango.es/files/Arthur-Schopenhauer---El-mundo-como-voluntad-y-representacion.pdf

Brasil / Publicado Octubre de 2018 en El Sigma

 Link al texto publicado >>

 Imagen del film Brazil *

Nota*: el film Brazil (1985), del Director Terry Gilliam, no alude necesariamente al país que nos convoca, pero sí a un mundo distópico, a un sistema totalitario. Supone un guiño a la novela 1984 de George Orwell.

Whttier College / El profesor Geirola presenta Praxis Teatral

 12 de septiembre de 2018

Gustavo GeirolaEl profesor de español Gustavo Geirola fue un orador principal en el 6 ° Coloquio Internacional Anual de Artes Teatrales de la Universidad de Veracruz en México.

El discurso de Geirola se centró en la praxis teatral y en un movimiento hacia su emancipación de ciertos ideales y mandatos culturales que existen en la sociedad actual. Durante la conferencia de cuatro días, también realizó un seminario de taller sobre la creatividad y la política de la puesta en escena de teatro para estudiantes en el programa de maestría y presentó su libro,  Dramaturgia de Frontera / Dramaturgias del Crimen . 

El Coloquio fue patrocinado por diversos programas académicos internacionales y organizaciones que se ocupan del teatro y las humanidades. Visite el sitio web de la Universidad de Veracruz para leer más. >>


https://www.whittier.edu/news/wed-09122018-220-pm/professor-geirola-presents-theatrical-praxis

2018 / España y Méxic

 Granada / España

--Ponencia: “Cruzando fronteras: el teatro de Ángel Aurelio Hernández”. XXII Congreso Internacional de Literatura y Estudios Hispánicos. Granada, España, 27-29 junio 2018.
Salamanca / España
--Ponencia: “Pedagogía del deseo: La creatividad teatral en español en la universidad estadounidense”. 56° Congreso Internacional de Americanistas. Salamanca, España. 15-20 julio 2018

Xalapa, México
--Taller seminario: PRAXIS TEATRAL: Creatividad y política de la puesta en escena.
Auspiciada por la Maestría en Artes Escénicas de la Universidad Veracruzana en Xalapa, México, el 31 de agosto de 2018.
--Conferencia Magistral: “Praxis teatral: hacia un teatro para la emancipación”.
VI Coloquio Internacional sobre Artes Escénicas, organizado por la Facultad de Teatro y el Centro de Estudios, Creación y documentación de las Artes y la Maestría en Artes Escénicas, Universidad Veracruzana, Xalapa, México. 4 al 8 de septiembre 2018.
--Presentación del libro Dramaturgia de frontera/Dramaturgias del crimen.
VI Coloquio Internacional sobre Artes Escénicas, organizado por la Facultad de Teatro y el Centro de Estudios, Creación y documentación de las Artes y la Maestría en Artes Escénicas, Universidad Veracruzana, Xalapa, México. 4 al 8 de septiembre 2018.

Tijuana, México
Dramaturgia de frontera/Dramaturgias del crimen. X Encuentro de Dramaturgia y XXII de Teatro Tijuana. CECUT Centro Cultural Tijuana, México. September 21-27, 2018

Gustavo’s Birthday Message from all of us! ENJOY!

 

VI Coloquio de Teatro Latinoamericano / México

 La política en el teatro y el teatro en la política

Universidad Iberoamericana, 
Ciudad de México, Nov. 2-4, 2016.

CONFERENCIA MAGISTRAL
UNA POSIBLE GENEALOGIA DE LO POLITICO TEATRAL

Gustavo Geirola
Whittier College, Los Angeles
Notas para mi charla
·      -- Agradecimientos. José Ramón Alcántara Mejía y Nadxeli Yrizar.
·       
·     -- Sé por el programa del congreso que el tema de lo político es tan urgente y tan doloroso, que la mayor parte de los trabajos se enfocan en cuestiones contemporáneas y principalmente de México. Es probable que lo que les voy a exponer parezca como traído de los pelos, como un gesto evasivo de la realidad actual. Pero si lo miran bien, verán que no es tan así. Lo dejo en sus manos, nunca se sabe bien lo que el otro escucha. Como diría el Lacan de “El atolondradicho”, “que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se oye”. Para decirlo en cristiano, NI MODO, siempre decimos más de lo que decimos y vaya a saber uno qué escucha el otro.  Si "Decir" tiene algo que ver con el tiempo”, tal como Lacan afirma en su último seminario, creo que aquí vale por dos: porque me voy a remontar mucho en el tiempo y porque Uds. necesitarán tiempo para ver, para comprender y para concluir sobre lo que les traigo.
·       
·    -- Quiero fijar un marco para mi charla.
·       
·    -- Muchos de Uds. saben que desde años vengo trabajando la relación entre psicoanálisis, particularmente lacaniano y la praxis teatral.
·       
·    -- La praxis teatral, tal como la vengo abordando en los últimos años, no es ni filosofía del teatro ni ciencia del teatro. Siguiendo otra vez al Lacan del Seminario 25, el científico SUEÑA CON UNA CIENCA RAZONABLE, en la que habría una adecuación entre el concepto y la cosa, a la que denominan VERDAD. Y a pesar de sus esfuerzos, esa verdad está en el orden de un sueño, sueño del científico, en el orden de un/su fantasma, al punto tal que tiene que ser reconsiderada cada tanto. Una ciencia es ciencia cuando es refutable y la praxis teatral no entra en ese juego. La praxis teatral, que es lo que compete al saber hacer del teatrista, no se ajusta a eso, y aunque tiene conceptos, al igual que el psicoanálisis, dichos conceptos van dirigidos o se disparan en función de una verdad que afecta el cuerpo y lo vivo del cuerpo, con el goce, el sufrimiento o el éxtasis de ese cuerpo, y con la palabra, de modo que la verdad que anima a la praxis teatral es otra, no es la verdad aristotélica, animada por una episteme apofántica, sino una verdad como A(lethe)ia: Una verdad evanescente, que se nos presenta a condición de que toleremos que una parte permanezca al mismo tiempo oculta, y otra quede condenada al olvido (lethé). Es la verdad del MEDIODECIR, tal como Lacan lo propuso.
·       
·    -- A mí no me viene preocupando ninguna de las cuestiones desde el punto de vista de los estudiosos del teatro. Bueno o malo, soy un director de teatro que, aun en condiciones muy precarias como las que tengo en Los Angeles, enfrenta ciertas cuestiones ligadas al SABER-HACER del teatrista, a lo que ocurre en los ensayos, los avatares del montaje, la relación con los actores, la cuestión del espectador (que ya tal vez sepan que para mí NO SE CONFUNDE NUNCA CON EL PUBLICO). Hablar un poquito de las máscaras espectatoriales (artículos publicados en telondefondo). La praxis teatral, entonces, es lo que preocupa al hacedor de teatro. Les dejo la filosofía o ciencia del teatro a los académicos.
·       
·    -- Desde hace años comencé a intentar ocuparme de definir ciertos términos de la manera más adecuada. Sin haber leído en aquel entonces las Mil mesetas de Deleuze y Guattari, ya me preocupaba, guiado por Hjemslev, por la cuestión de la forma del contenido y la forma de la expresión, dejando de lado las sustancias de ambos planos, que es lo que más está representado en este congreso. Me imagino que muchos trabajos valiosos de este congreso tendrán que ver con temas como violencia, derechos humanos, pobreza, justicia, etc. Me aprovecharé de todo ello próximamente, durante la escritura del libro que tengo entre manos. Sin embargo, como verán por lo que les traigo hoy, mi investigación viene desde la perspectiva del teatrista en su hacer durante el ensayo; lo político me importa en la medida en que afecta las formas, no los contenidos, y de ese modo lo abordo en mis espectáculos. Aunque cuente el cuento de Caperucita Roja, no me interesa una lectura política del cuento, o me interesa secundariamente; lo político me interesa en la medida en que tengo que diseñar un espacio, determinar la posición del ojo del público, la máscara del espectador que voy a diseñar en los ensayos, en fin, la política de la mirada. Producciones como Border(s) tu: Rally of Redemption (incluido por Claire Joysmith, en su libro Cibertestimonios Transfronterizos, publicado por la UNAM en 2008), Iluminaciones o Las mujeres de Juárez del Mundo pueden testimoniar que no evado la realidad, pero mi saber-hacer, insisto, está del lado de lo Real en sentido lacaniana y del lado de la forma de la expresión y la forma del contenido. Los que han estudiado lingüística, los que han leído los Prolegómenos de Hjemslev o Mil mesetas saben a qué me refiero. La realidad no es algo que me quite el sueño; lo que verdaderamente me lo quita es lo Real, ese coágulo insensato de cual Pavlovsky partía para cada uno de sus espectáculos.
·       
·    -- Comencé definiendo la ‘teatralidad’ que, como muchos términos del vocabulario teatral, está muy manoseado y significa cualquier cosa en cualquier circunstancia. Me era imprescindible como hacedor de teatro, tener claro ese concepto. Partí de De la guerra, de Clauwsevitz y del panóptico de Foucault, allá por el año 1999. Como mi interés residía en lo político (no en la política), partí de modelos agónicos, de lucha, porque lo político se instala en esa dimensión. No me seducía ningún tipo de convivio, como le ocurre a mi colega y compatriota Dubatti.
·       
·    -- La cuestión del convivio, que ha hecho furor aquí en México, se me hace difícil de digerir, por la sencilla razón de que si fuera tan maravilloso, si asegurara la comunión de escena y audiencia, si fuera tan acogedor y brindara tanta felicidad, tendríamos los teatros repletos de gente. Y no es el caso. Más teóricamente, lo veo como aquello de Lacan de que NO HAY RELACION SEXUAL o de que EL AMOR ES DAR LO QUE NO SE TIENE. Como no tenemos el objeto adecuado para el otro, ni en el amor ni en la sexualidad, porque nos falta lo que al otro le falta, tenemos que crear, inventar todo el tiempo un objeto para ese otro. El convivio sería como si pudiera encontrar en el amor la exacta media naranja que nos completa, que nos amarra para siempre al otro. Parafraseando entonces a Lacan, diría NO HAY RELACION CONVIVIAL. El amor ha sido siempre lucha, espacio agonal, disputa de poderes, desencuentros de faltas.
·       
·    -- Como lo plantea Foucault en “Nietzsche, la genealogía y la historia”, “antes de aparecer consagrado a la contemplación, el ojo estuvo destinado a la caza y a la guerra” (Dichos y escritos 2, 145). La contemplación, convivial o no, oculta esa historia violenta de la que proviene. Si tengo alguna certeza, es que el teatro es un dispositivo a veces captado, capturado (para usar la palabra de Bartís) y otras veces resistente al aparato de Estado. Su juego es agonístico, por lo tanto, político. Los teatristas siempre estamos en pie de lucha, sea para someternos a la ley o para transgredirla. Foucault nos recuerda que la historia no progresa en el sentido de que las reglas sean las que durante la paz van a sustituir a la guerra, sino que las violencias pasan de una dominación a otra (Dichos y escritos 2, 145) y pasan a través de los conceptos, que tienden a ocultar dicha violencia. Si definí la teatralidad como política de la mirada, y creo que fui el primero en hacerlo, a pesar de que muchos la han malentendido o no me dan crédito, yo sigo insistiendo en las consecuencias de mi aproximación.
·       
·    -- Mi charla de hoy va a intentar una genealogía de lo político en el teatro. Así la entiendo y así la estoy abordando en mi nuevo libro. Después de aclararme muchas cosas a partir de Lacan, ahora he regresado a Foucault; hace unos años que leo y releo sus libros y sobre todo me aprovecho de las publicaciones más recientes de sus cursos. Por eso ahora, con alguna batería de conceptos en la praxis teatral, de raigambre psicoanalítica que siguen vigentes en mi trabajo, puedo repensar cuestiones como la verdad teatral, la justicia, la violencia, etc. Una vez más, insisto, como ANCLADAS en las formas, no en los temas. Lo que les traigo hoy será posiblemente el primer capítulo de mi nuevo libro. Tengo ya dos más borroneados. Y también, lo que les traigo hoy tiene una segunda parte, bajo el título EL REGIMEN DE VERDAD DE LA ESCENA TEATRAL, que no podré abordar por cuestiones de tiempo. En un par de semanas hablaré en el congreso de Lima, que organiza Percy Encinas; allí retomaré lo político en el teatro latinoamericano desde otra vertiente. El discurso de Lima, sobre el teatro latinoamericano actual –y como para adelantarles algo—tiene como marco de reflexión a Walter Benjamin y a Freud, y la cuestión del duelo y la melancolía. Tenemos demasiados muertos (muertos vivos o vivos muertos), muchas desapariciones, que instalan en el teatro cuestiones de excesivo dolor.
·       
·    -- Y ahora sí, aclarado el marco para la escucha, los invito a pelear un poco con la paternidad de Aristóteles, pretendida o no por él, pero que nos ha modelado el teatro en Occidente desde hace tantos siglos. La preocupación, aunque parezca académica, no lo es; si recorren algunas entrevistas de Arte y oficio, o las más recientes de Todo a pulmón, que hicimos con Lola Proaño hace un año y medio entre teatristas del circuito off de Argentina, verán que, por ejemplo, la cuestión de la narratividad, del sentido, del DESEO y de lo Real (en sentido lacaniano, como aquello que no puede ser significantizado) son neurálgicos en este momento del teatro argentino y por extensión latinoamericano. Tal como lo manifiestan artistas de la talla de Tato Pavlovsky, en primer lugar, y luego de muchos otros más jóvenes y de la postdictadura, como Román Podolsky, Mariana Mazover, Diego Starosta, Andrés Binetti, Verónica Pérez Luna, Rafael Spregelburd, etc., hay algo que no anda en el teatro, cierto malestar en la cultura que converge con un malestar en el teatro. El problema del saber, del sinsentido, de los seres, objetos, naciones, identidades perdidas, ya son una agenda muy dolorosa que parece ir reclamando nuevos dispositivos formales de montaje.
·       
·    -- Mi intención es rastrear, pues, la genealogía de estos problemas. Como bien lo dice Foucault, la genealogía no es una búsqueda del origen ni tampoco una visión filosófica a vuelo de águila, menos aún un “despliegue metahistórico de las significaciones ideales y de los indefinidos teleológicos”. Por el contrario, la genealogía –escribe Foucault—“exige, por tanto, el saber minucioso, gran cantidad de materiales apilados, paciencia. Sus «monumentos ciclópeos» (1) no pueden ser derribados a golpe de «grandes errores benéficos», sino por medio de «pequeñas verdades sin apariencia, establecidas por un método severo» (2).
·       
·    -- A pesar de mi falta de especialidad en estudios clásicos y en filosofía griega, intento ser lo más minucioso posible y manejar mi ansiedad para lograr la paciencia recomendada por Foucault. De todos modos, como les dije, mi compromiso no es ni con la filosofía ni con la ciencia, sino con el saber-hacer del teatrista en su praxis teatral.
·       
·    -- La pregunta que me agita es ¿Qué pasa con mis espectáculos?, en las que por muchas razones, no logro armar una continuidad narrativa, al menos a nivel superficial de la fábula, y lo que es peor, que esa narratividad ni siquiera me interesa. ¿Cómo produzco el sentido? ¿Qué sentido me interesa producir? ¿De dónde parto en mis ensayos? ¿De lo que sé o del saber no sabido del inconsciente? ¿Me importa dar una versión muy cuidadosa de la realidad o prefiero tirarme de cabeza en lo Real, en eso que duele, que afecta, que atraviesa los cuerpos, que está fuera de lo simbólico y que insiste que le pongamos algún significante? ¿Me interesa pasar un mensaje o una doctrina o una visión del mundo, o prefiero dejarle al público el mayor margen de libertad para que arme su propio espectáculo en su imaginario? En fin, hay muchas preguntas más, pero al intentar responderlas, uno siempre se topa con el monstruo, con la Poética de Aristóteles y sus marcas a fuego en el teatro occidental. ¿Qué operaciones, que hoy nos suenan como naturales, ha realizado Aristóteles? ¿Qué tipo de violencia ha fraguado sobre el teatro? Esas operaciones, esas violencias con semblante de normas supuestamente NATURALES, a las que nos hemos sometido durante siglos, con las exclusiones, invisibilizaciones, los olvidos, las faltas, etc. que determinan, son los lugares en los que se inscribe lo político.
·       
·    -- Me propuse, en la medida de mis limitaciones, estrujar un poco la Poética y algún otro texto de Aristóteles, ayudado por algunos ensayos de especialistas, para ver si me oriento mejor en mi praxis teatral.
·       
·    -- Voy a esquematizar mucho lo que traigo escrito, que se publicará prontito, si les interesa leerlo en detalle.
·       
·    -- Lo primero, aclaro el título de mi presentación: Toda verdad tiene una genealogía, pero la genealogía tal como la propone Foucault, no consiste en la búsqueda del origen. Los remito a “Nietzsche, la genealogía, la historia”. La Poética de Aristóteles no es un texto matricial, pero es un documento institucional que podemos abordar más allá de la perspectiva historicista, intentando captar su procedencia y su emergencia, esto es, la forma en que Aristóteles diseña un dispositivo normativo interesado en ejercer una violencia sobre la complejidad de la dimensión performativa del teatro mediante una aproximación epistémica racional que captura ciertos aspectos y justifica, a veces, la eliminación de otros. La tarea que se nos abre es minuciosa, erudita si se quiere, porque hay que observar las grietas del ese dispositivo, los silencios, las manipulaciones. La PROCEDENCIA (Herkunft, término que Foucault toma de Nietzsche) apunta a la articulación del cuerpo y de la historia; cómo la historia destruye el cuerpo. Lacan también habla del carácter mortificante del significante. Y la EMERGENCIA (Entstehung) supone captar el surgimiento de la norma, de la ley, en un campo agónico, marcado por la violencia, por la lucha, en la que se supone que la ley vendría como un resultado capaz de pacificar, aunque en realidad lo que hace es establecer más violencia o, como dice Foucault, “diversos sistemas de sumisión”. Así, la norma, la regla, en su aparente naturalidad y universalidad epistémica, no es sino el resultado de una lucha velada, de una borradura del PODER en el seno mismo del SABER. Lo universal deviene una MASCARA que, en la Poética, está explícitamente orientada a negar el cuerpo del actor y todo tipo de materialidad escénica o de tradiciones no escritas, a proponer conceptos de los que se ha extraído todo tipo de temporalidad histórica: negación de las corp/oralidades escénicas.
·       
·    -- No nos sorprende entonces que Aristóteles privilegie el texto dramático por sobre la puesta en escena. Incluso cree que dicho texto tiene autonomía y puede ser disfrutado sin necesidad del montaje. Sin duda, el Estagirita sabe muy bien lo que hace: al controlar la estructuración de la fábula, posiciona para los siglos venideros la idea de la puesta en escena como algo secundario, y peor aún, como una ILUSTRACION del texto verbal. Los buenos actores/directores, TEATRISTAS, son desde su perspectiva aquellos que se someten al texto dramático. Si bien reconoce en la Política y también en la Poética, que el oído y la vista son fuentes de placer, luego sutilmente reorienta esos sentidos a la lectura del texto verbal que, en sí mismo, nos dice, se sostiene mejor, frente a las deformaciones a la que los somete la actuación y la puesta en escena. Como vemos, Aristóteles ha procedido por medio de una operación violenta al concebir una serie de normas (tejné) que se nos presentan como inocentes, como abstractas y universales y cuya meta es dominar la teatralidad, esa teatralidad que de no ser vigilada podría causar estragos en la polis. Como no se la puede dominar en vivo, por decirlo de una manera, ya que estamos en el marco de la democracia ateniense, lo cual dejaría ver el carácter tiránico y autoritario del Estado, Aristóteles se aboca a dominar (estética y políticamente) la fábula marginando la puesta en escena. ¿Razones para esa marginación? Las que da son pocas y muy débiles por cierto: nos dice que no incluye lo de la puesta en escena en su Poética, porque carece de estudios previos y porque es competencia del maquinista. Justamente Aristóteles, que promueve el saber razonado y causal, nos habla de causas que no tienen nada que ver con la exclusión de la puesta en escena que ha realizado.
·       
·    -- Aristóteles quiere CAPTURAR el discurso poético, principalmente en lo que hace al teatro y particularmente, de LA TRAGEDIA. Aunque también habla un poco de la epopeya, lo que parece ser su mayor preocupación es el teatro. ¿Por qué le preocupa el teatro? Una respuesta posible es: Porque allí hay corp/oralidades escénicas que generan cierto tipo de efectos sobre el público muy difíciles de controlar por el Estado. Si bien Aristóteles en su Política deja a cargo del Estado la administración del teatro, lo cierto es que se las arregla para mortificar los goces, en ambos lados de la escena, por medio de normas con cierto carácter apofántico y universalista. Leemos en su Política:
También pueden citarse los magistrados encargados de la vigilancia en los juegos solemnes, en las fiestas de Baco y en todos los de la misma naturaleza (105)

·    -- Veamos algunos de sus procedimientos.
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·    -- Si Platón se contenta con expulsar a los poetas de su
República, Aristóteles es más cauto, porque sabe que eso resulta irrealizable, no hay manera de expulsarlos, los poetas y los sofistas están allí para quedarse. Son como los inmigrantes en Estados Unidos. El Estagirita entonces elige domeñar aquello que podría perturbar la gobernabilidad de la polis. Decide entonces, como diría Foucault, someter el teatro a un REGIMEN DE VERDAD.

·    -- Aristóteles afirma pero no fundamenta por qué “imitar es connatural al hombre”. Digamos que es su gran axioma. Todo va a depender de dicho axioma no fundado. No obstante, el teatro, tragedia o comedia, es imitación no de los hombres sino de los hechos de su vida, del PATHOS, esto es, particularmente de sus excesos y transgresiones (lo normal, lo que estaría del lado del LOGOS, de lo racional, carece obviamente de interés teatral), será necesario apostar a la UNIDAD DE ACCION para mantenerlo vigilado y controlado. Si, para seguir la tesis de Freud en El malestar en la cultura, asumimos que para formar parte del contrato social cada individuo debe renunciar a una cuota de goce, el teatro va a exponer esos goces (parricidio, incesto, filicidio, tiranicidios, violencia de género, étnica, etc.) y sus efectos no pueden dejarse políticamente al azar. El teatro, y Aristóteles lo sabe muy bien, es una forma de producir placer, la imitación es lo que produce placer. Y el placer no puede dejarse librado al azar: hay que encausarlo, domeñarlo, porque siempre está la amenaza de que culmine en un goce generalizado, en la anarquía, particularmente sexual, que es política de por sí.
·       
·    -- Aristóteles entonces nos propone que la acción deberá ser unitaria, no deberá admitir episodios secundarios o más o menos marginales. Basado en su tesis de la mímesis, concebida como natural, Aristóteles, sin embargo, encausa dicha imitación por causes NO NATURALES al reducir los conflictos humanos y sociales a una sola línea de acción. Esto nos ha parecido durante siglos tan NORMAL, que uno casi ni puede pensar de otra manera. RECORDEMOS que lo que está en juego es la producción del sentido, que resulta ahora de una apariencia de realidad, un semblante ficcionalizado e intencionadamente (políticamente) orientado a producir un efecto preciso. Y ese efecto, claramente, está regulado por los intereses del Estado. Aristóteles se orienta por las posibilidades de gobernabilidad de la polis. ¿Qué tipo de afectos nos propone desde el escenario? El terror y la piedad, dos formas extremas de control y subalternización de los cuerpos. Horrorizar por medio de los infortunios, paraliza al sujeto, lo aisla, lo monodiza, lo separa de la comunidad, le hace vivir su desprotección, y luego se procede a reagruparlo por la piedad o la lástima subalternizándolo a la ley que penaliza y uniformiza a la amanera de un rebaño. Así, tanto en la escena donde se expone la justicia poética realizada desde una ética basada en el discurso del Amo, se alcanza la escena social a fin de limitar los goces.
·       
·    -- La cuestión de la mímesis se sostiene en dos pilares: lo político y lo ético. Aunque autónoma, la poesía o la poíesis, como quiere Malcom Heath
Poetry is therefore related to politics internally (because it incorporates ethical values) and externally (because of the architectonic role of politics); but its autonomy is not thereby negated.

·    -- La tragedia y la comedia se posicionan como LA OTRA ESCENA del público, la escena del inconsciente del público y por ello Aristóteles necesita vigilar la construcción de la fábula. LA OTRA ESCENA es la de lo prohibido, y por eso Aristóteles dirige su afán sobre la fábula, porque es la forma que, justicia poética de por medio, está dirigida a fortalecer la LEY que sostiene la sociedad. La justicia poética es el dispositivo por el cual el autor dramático sanciona la acción, regula los premios y los castigos a partir de una ética. Y eso toma repercusiones culturales precisas. Pero como el teatro no es solo el texto dramático, sino que se quiera o no se trata de cuerpos vivientes sobre el escenario, resulta que es necesario disponer, además de la fábula, otro dispositivo de control: en Atenas, la inversión financiera para realizarlo está a cargo del Estado; el Estado interviene siempre, sea porque permite o no un espectáculo, sea porque organiza protocolos de premios y subsidios que regulan los contenidos de la acción dramática. Este punto es el que enfoco con detalle en la segunda parte de mi artículo, el régimen de verdad que afecta al teatro, sea comercial, oficial o independiente en la actualidad.
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·    -- Aristóteles invita a los poetas a construir una acción unitaria, mayormente tomada de un repertorio de horrores y crímenes familiares, pero dentro de una estructura concebida como “PRINCIPIO-NUDO-DESENLACE”.  Ahora, el relato de la historia, por medio de la tejné que responde a la mímesis, procede a un segundo nivel de ficcionalización, porque de la múltiple determinación de cualquier acto humano, el poeta tiene que establecer UN SOLO FACTOR CAUSAL, proceder a organizar el conflicto y resolverlo desde cierta concepción de la ética (usualmente la sostenida por el discurso del Amo), como justicia poética.
·       
·    -- Aristóteles diferencia la gnosis de la episteme, la cognición y el entendimiento. Según el filósofo, compartimos con los animales la cognición, que se relaciona con lo particular, lo concreto, lo observable. La percepción en todos ellos puede discriminar diferencias y evaluarlas. Animales y humanos logran acceder a imágenes (phantasmata). La cognición se relaciona con el QUE, en cambio el entendimiento, al preguntarse por las causas, por el POR QUE, opera por inferencia racional y alcanza un nivel de simbolización; es propiamente una facultad de los seres humanos adultos, excluidos los niños y, en cierto modo, las mujeres y los esclavos, sea por su alejamiento de lo racional y su cercanía con el pathos o bien con la cosa. El entendimiento permite construir conceptos abstractos y de validez universal. La puesta en escena—es el peligro que Aristóteles tiene en mente durante toda la Poética— puede, por tanto, ser percibida por las masas no educadas, no instruidas y, en cambio, el texto dramático puede ser apreciado por aquellos que pueden leer y escribir. Y ya sabemos quiénes podían hacer eso en la ‘maravillosa’ democracia ateniense. Quedan así, por otra parte, excluidas también las corp/oralidades rituales, que marcan el campo popular. De ahí que Aristóteles piense dos cosas: la primera, como vimos, dominar la construcción de la fábula; la segunda, controlar de ese modo que la puesta en escena no vaya por otros carriles que los trazados por la tejné, por la poética, que no exceda lo escrito, puesto que Aristóteles sabe que el público tiene una impronta fundamental en el desarrollo del teatro y, si éste queda librado a sus gustos no educados, solo guiados por la cognición, como los animales, hay un gran peligro de que el arte se haga incontrolable para el Estado. Leemos en la Política:
Pero los oyentes son de dos especies; unos que son libres e ilustrados, y otros, artesanos y groseros mercenarios, que tienen necesidad de juegos y espectáculos para descansar de sus fatigas. Como en estas naturalezas inferiores el alma se ha torcido y separado de su debido camino, tiene necesidad de armonías tan degradadas como ella y de cantos de un color falso y de una rudeza que no pierden jamás. Cada cual sólo encuentra placer en lo que responde a su naturaleza, y he aquí por qué concedemos a los artistas que han de disputarse el premio el derecho de acomodar la música a los groseros oídos de los que deben escucharla. (79)

·     -- Y justamente porque el público tiene este poder frente a la escena, y como Aristóteles no podría promover la censura sin contradecirse, se enfoca en controlar la estructuración de la fábula y de la narrativa. Es la forma indirecta de controlar la teatralidad como política de la mirada. Obviamente, como hemos visto ya, consagra sutilmente, casi sin que lo percibamos, la justicia poética basada en el discurso del Amo y, como podría hacer el mejor de los sofistas, la instila en el imaginario del público.
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·     -- Mi curiosidad me llevó a preguntarme por qué Aristóteles decide escribir un tratado para domeñar los cuerpos en la escena, y no escribe otro para enfocarse en el deporte, en el atletismo, que era tan importante en Atenas. Teatro y deportes involucran al cuerpo, requieren entrenamientos, sin embargo el filósofo, aunque en la Política compara todo el tiempo los deportes con la cuestión de la gobernabilidad del Estado, no parece haber visto la necesidad de vigilar y controlar el atletismo con un tratado especial. Como vemos –y trabajo esto con detalle en mi ensayo, no puede extenderme en eso ahora—, esto lleva a uno de los temas más críticos: el rol de los sofistas, que trabajaban entrenando a los varones jóvenes en lo corporal y lo retórico. Los sofistas trabajan en la simulación o semblante de la verdad, transgreden las reglas de la lógica basada en la inferencia causal racional, y consolidan por seducción discursos que capturan la opinión de los demás, letrados y no letrados. Constituían un peligro civil que también asustaba a Platón. Aristóteles en la Poética procede como un sofista haciendo del teatro un aparato de seducción y propaganda de la ética del Amo.
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·    -- Los sofistas trabajaban en los gimnasios, vendiendo su saber a los jóvenes varones, ciudadanos con futura participación en las cuestiones del Estado. La “elocutio” es en la Poética lo que corresponde al actor. Pero también los sofistas la enseñaban a los atletas, junto con la “actio” que, hasta el mismo Barthes de Investigaciones retóricas margina; de modo que junto al entrenamiento corporal, gestual, estaba el entrenamiento de la palabra con fines de simulación de la verdad, al igual que ocurre en el teatro. Stanislavski no descuida ninguna de las dos.
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·    -- La idea de la poesía más filosófica que la historia es otro tema controversial. Si Aristóteles procede en la Política a estudiar por qué los jóvenes atletas, contra lo que es esperable, nunca ganan las competencias olímpicas, y nos da una explicación, de índole narrativa, de tipo causal a partir de los datos, el resultado, sin embargo, no es igual que en la poesía. Porque la explicación de la historia es puntual, particular, no universalizable; en cambio la poesía exige una fábula estructurada de tal modo que sea universal, esto es, verdadera para todos los casos. Además, la verdad de la poesía no es fáctica como en la historia, sino más bien probabilística y verosímil, desamarrada de la historia, de lo efectivamente sucedido que, como sabemos, podría no ser creíble. La historia puede ser interrumpida por la tyche, por el azar, por el inconsciente (Lacan, Seminario 11), y esa irrupción no podría suceder en la fábula, que está encorsetada por una organización de inicio-nudo-desenlace. Nada ante del inicio, nada después del desenlace, tiene que haber una especie de esfericidad de la fábula (para usar el término con el que el último Lacan critica la filosofía y la ciencia), con su lógica inmanente, cerrada en sí misma, atravesada por un tipo particular de racionalidad, y a la vez separada del devenir histórico. Hay como un horror a la falta; la fábula se ofrece como un Otro completo, no desea nada ni deja nada para ser deseado.
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·    -- Voy a terminar con un comentario más: la cuestión de la tejné, del arte poética. Hay muchos otros puntos que dejo de lado, como la comparación entre obra teatral y juego deportivo, la falacia de la mímesis (SEMBLANTE), etc., que son muy instructivos para pensar otros aspectos políticos de la praxis teatral. Aunque Aristóteles sitúa la tejné del lado de lo racional, causal y universal, como una lógica capaz de someter la pasión, lo pulsional, no necesariamente concluye que el poeta debe conocerla. El poeta puede manejarse bien con su experiencia, es lo que llamamos OFICIO. Conocer por experiencia es tan efectivo como saber por ARTE, por reglas establecidas que, aun siendo tales, no aseguran siempre la buena factura del producto. Esta cuestión abre a muchas discusiones. Solo quiero plantear, hacerles sentir la violencia que la Poética misma instituye: por un lado, el oficio teatral como hábito generado por la experiencia, no guiado por ninguna normativa teórica sino por un proceso del tipo prueba y error, y por otro el arte como un sistema de reglas cuyo acatamiento podría asegurar la efectividad del producto, pero no siempre. En todo caso, Aristóteles no plantea la teoría como un dispositivo de descubrimiento de lo nuevo, sino de instancia de dominación del saber-hacer del teatrista. Lo cierto es que abre una herida en Occidente para el arte teatral que no ha cerrado en siglos: el hacedor de teatro, por un lado, atrapado en la empiria, con su desprecio por lo teórico, que supone no le compete, y por otro lado lo teórico, la tejné, como instancia de intelectualización cuya efectividad está puesta en duda en toda praxis teatral.  Nuevamente, la estructuración de la fábula constituye el nivel normativo impuesto a todos, oficiantes y artistas, porque lo que a Aristóteles le importa es vigilar y controlar la producción del sentido, sea en el texto dramático, sea en el texto espectacular.
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·    -- En resumen, nada de acciones paralelas, nada de episodios distractivos que cuestionen el sistema causal y, por esa vía, pongan en tela de juicio la proliferación social y política del sentido, nada que permita una apertura por donde se filtre el deseo del público, nada que altere la linealidad del tiempo, nada que haga suponer otro desenlace o deje inferir una multitud de causas de la acción, nada que se incorpore como fragmentario, nada que haga trabajar al público fuera de los terrores que ya lo atraviesan, nada que desborde la palabra y abra el juego gozante y pulsional de las corp/oralidades escénicas, nada que instituya nuevos enigmas, nada que permita a cada ciudadano del público elaborar su propia verdad o poner en tela de juicio la ética del Amo.
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·    -- Como vieron, les he traído algo trivial, una aproximación al teatro aristotélico que, por lo menos desde Brecht, pero sobre todo desde Jarry y Artaud hemos venido poniendo en cuestión. Sin embargo, mi interés en regresar a la Poética sirve para recordar que incluso en esos espectáculos anodinos o bien en espectáculos que denuncian los horrores de la realidad sociopolítica con el formato aristotélico, todos están haciendo un teatro político y no tanto por la consistencia de los temas, sino por su filiación a un programa de normas que ocultan la violencia política que las engendró. Mi preocupación, entonces, al menos en lo que toca al teatro de Argentina, particularmente al de Buenos Aires que conozco un poquito mejor, y por las entrevistas a los teatristas (¡Todo a pulmón!), no es la misma que, por ejemplo, interesa a Alfonso de Toro (Más allá de la representación…”, en Apuntes de Teatro 139 (2014): 9-27) cuando aborda el teatro del Periférico de Objetos o del primer Tantanian. Ese teatro ya no está en Buenos Aires. Hay un cambio que tiene que ver con una encrucijada entre significantizar lo Real (no la realidad) pero sin alejarse, distanciarse o escabullirse del realismo, para no caer en lo críptico. Un teatro como el Alberto Félix Alberto, llamado de la imagen, tampoco les resulta una opción. Así, los procedimientos formales toman toda su importancia. Ya no solo es político un teatro que, como quiere De Toro,
1.             Ofrezca múltiples lecturas y escenificaciones;
2.             Trabaje en la presentación en vez de la re-presentación, apelando a muñecos, videos, prótesis, etc.;
3.             Desintegre la palabra y devalúe o amenace el predominio de lo verbal;
4.             Se oriente por la antimímesis, la autorreferencialidad, la deconstrucción, la transtextualidad, la metatetralidad, la recodificación, paródica o no, de formas de la tradición teatral, apele a la fragmentación, al minimalismo escénico, al distanciamiento, rompa con las fronteras entre autor-actor-director, etc.
También es político un teatro que asume y se somete a pie juntillas a lo aristotélico, aunque trate de los temas más acuciantes de la realidad actual y no por los temas que trata, sino por su formato. Un teatro comercial aristotélico es tan político como el teatro no aristotélico que detalla De Toro. Como ven, no quiero usar el término “postdramático”, porque me parece tan disparatado como el de convivio.

·    -- EN FIN, contra todo y en medio de todo esto es que armo mis espectáculos y trato de encontrar una orientación. Muchas gracias.

© Gustavo Geirola, 2016.